Parece que de repente los medios de comunicación han descubierto que uno puede llevarse la comida al trabajo. Las fiambreras de toda la vida, las que siempre han llevado al tajo los albañiles, o las que las chicas jovencitas llevan ocultas en bolsas de Zara en el metro desde hace años, aparecen ahora como lo más. Vuelven los Tupperware, como si desde los años 70 a esta parte no se hubiesen podido encontrar en cualquier gran superficie recipientes herméticos Curver, y sus correspondientes imitaciones en los Todo a Cien, y luego en los chinos.
Es curioso cómo porque lo digan en la radio o en la tele, lo que antes se veía como una cutrez, una muestra de andar mal de dinero o también un signo de roñosería (de no querer, o poder, gastarse el dinero en un menú del día) ahora haya pasado a ser una manera de estar a la moda… De comer equilibradamente y hacer frente a la crisis.
Está claro que las cosas son tan buenas o malas como digan los que mandan (o sea, los que dice qué es lo que sale o no en los medios) que son.

